Sara Torres: “Creo en la necesidad de escribir libros que aumenten la libertad que tenemos de imaginar nuestra vida”

La poesía es un arma política y La otra genealogía es un ejemplo de ello. Sara Torres (Gijón, 1991), ganadora del XV Premio Gloria Fuertes de Poesía Joven, realiza en su poemario un ejercicio de transgresión del lenguaje para inventar una utopía femenina en la que el residuo de las teorías feministas y queer es obvio. La protagonista de los poemas se mueve desde un escenario urbano, que “había sido representación más que acontecimiento”, hasta una Isla donde se lleva acabo un nuevo comienzo, donde se desarrolla un nuevo mito fundacional, donde se desmiente el contrato social. Hablamos con Sara Torres sobre su obra y sobre las posibilidades teóricas que esta presenta.

En La otra genealogía creas dos mundos que se contraponen. Por un lado está la Isla, como lugar en el que se desarrolla una utopía encarnada en lo femenino, y por otro lado estaría la ciudad, como lugar del que el yo/ella poético huye. ¿Por qué la figura de la Isla? ¿Qué tiene el territorio insular que te haya hecho elegirlo como escenario utópico? Y por otro lado ¿por qué la ciudad como cuna de ese “monumento ajeno”? ¿A qué despertamos cuando decidimos emigrar?

La imagen de la isla es recurrente cuando hablamos de utopía porque refleja un ideal de control sobre el territorio. Al ser un espacio “aislado”, en cuanto acotado por el mar, parece más sencillo que guarde, alimente, e incluso promueva diferencia y disidencia. Frente a la ciudad —que representa el núcleo organizativo de un sistema mayor en el que está inscrita— la isla ofrece la potencialidad de una gestión independiente de los saberes, esperanzas y afectos. En La otra genealogía la ciudad es, como sugieres, el producto monumental y el modo de organización de un sistema que toma como núcleo una idea de humanidad basada en el pensamiento dual y en el poder patriarcal. Cuando decidimos emigrar despertamos al reconocimiento de lo que nos hace bien frente a lo que nos incomoda o dificulta el fluir tranquilo de la vida.12299492_10205855385639854_503874838_o

¿Qué es lo que te motivó a escribir un libro alrededor de esta utopía? ¿Qué es lo que te atrae del concepto?

Me atrae en general todo aquello que da lugar a nuevos modos de relación y a nuevos caminos de pensamiento. La utopía me interesa en cuanto permite ampliar el terreno de lo pensable; es una necesidad política. Creo en la necesidad de escribir libros que aumenten la libertad que las personas tenemos de imaginar nuestra vida. Esto se relaciona con el hecho de que para mí no existe la diferenciación realidad-ficción, ya que a la realidad solamente accedemos a través de ficciones, relatos, que actúan como intermediarios. La escritura puede trabajar sobre estos relatos y por tanto sobre la forma en la que vivimos e interpretamos cualquier gesto diario.

¿Cuál es tu relación con el lenguaje en este libro? ¿Dónde se sitúa la transgresión del mismo? ¿Cómo la llevas a cabo, si es que crees que lo haces? ¿Cómo es el lenguaje dentro de la Isla?

En este libro en particular comienzo un camino de experimentación que creo desarrollo con más pulso en Conjuros y Cantos, mi segundo libro de poesía que saldrá próximamente. Me interesó en La otra genealogía buscar los “nombres esenciales” sobre los que se apoyan los textos sagrados y fundacionales de distintas culturas. “Agua, pan, aceite”; tomar prestado y deconstruir discurso para generar algo nuevo que nace en resistencia, en negación de las bases sobre las que estos textos previos se construyen. El lenguaje de la isla privilegia el ritmo y el movimiento, intenta escapar a la solidificación de la palabra o el concepto.

En todo el libro no utilizas la palabra “mujer”, sin embargo, usas la desinencia femenina y la palabra “niña”, lo que nos indica que los sujetos de tu libro son féminas. ¿Por qué lo haces? ¿Es una reivindicación clara del “las lesbianas no somos mujeres”, de Wittig?

Sí, para mí sí es una reivindicación clara y conecta directamente con la cita de Wittig. Cuando nacemos las instituciones médicas nos señalan como “sujeto macho” o “sujeto hembra” y nos marcan con rosa o azul, pendientes o no, para hacer visible que con el “reconocimiento”, o más bien asignación, de un sexo adquirimos un género y por tanto una función-obligación social determinada. Esta separación en opuestos es la que hace posible lo que Wittig entiende como “contrato heterosexual”. En uno de los poemas del libro un personaje de la isla dice “hemos roto el contrato, querida”. La lesbiana rompe el contrato al desobedecer la función esencial en la idea de mujer, que es la de ser en su deseo opuesta y complementaria al hombre.

¿Qué y cómo es el amor en la Isla? ¿Cuál es su relación con la amistad?

La otra genealogía es al final un libro que habla sobre el amor y que también nace del amor, de mi propio aprendizaje y vivencia de un gran amor que fue y es amiga y familia. Fuera del contrato y la familia heterosexual, para sobrevivir con plenitud inventamos formas disidentes de asociación, cuidado y sexualidad. Me interesa mucho cuando desde la homosexualidad se anula el juego de roles opuestos y entonces la amistad aparece, como decía Foucault, “como modo de vida”.

Creo ver algunas pinceladas de ecofeminismo en el poemario, ¿es así? ¿cuál es la relación/importancia de la naturaleza en la utopía? ¿es solo una decisión estética o va más allá?

Para mí el feminismo implica ofrecer alternativas al mundo tal y como ha sido pensado hasta ahora. Esto es tan amplio que cubre la enorme necesidad de ocuparse de todas las ciencias y ramas del saber, re-pensarlas, re-nombrarlas, re-escribirlas. La ecología y la idea de naturaleza y cultura, nuestro estar en el mundo, el consumo, la economía… Hemos de trabajar activamente en todo esto, es un imperativo urgente no una preferencia estética.

Esta última pregunta nace más de la curiosidad personal que otra cosa. ¿Cuándo leíste a Wittig por primera vez? ¿Cómo te afectaron sus lecturas, cómo ha influido en tu forma de pensar ahora? ¿Podría compararse con ese “despertar” y huida  de la ciudad?

Estuve íntimamente de acuerdo con Wittig antes de leerla, porque forma parte de mi genealogía: esa fragmentada, deseante, melancólica y lesbiana, que existe pero que una tiene que investigar y buscar sola. Wittig, tanto con la poesía como con sus trabajos más teóricos, puso palabras y orden a lo que yo de algún modo ya sabía, como hacen las buenas escritoras. Llegué a la poesía de Wittig cuando ya estaba terminando el primer borrador del libro, ridícula y sorprendentemente tarde. Me dejaron muy marcada las afinidades de recorrido, las imágenes y los símbolos que compartíamos. Wittig ofrece a sus lectoras otro mundo posible, otra manera de habitar y pensar el cuerpo propio y el de las amantes, otra mitología. Mi objetivo también ha sido este y ha estado motivado por la total falta de referencias afines que sufrí, que sufrimos todas, durante nuestros primeros años como lectoras, algunas durante toda su vida.

Irene Rihuete

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